Es bonito visitar ruinas.
Formas inacabadas que reconstruyo con la imaginación.
Espacios que albergaron tesoros, historias, sucesos... que aunque hoy vea columnas y muros acromáticos, siglos atrás fueron coloridos y hospedaron vibrante energía humana.
Pero ayer fue tarde.
Ayer llegué y lo que encontré, que elegantemente llamo ruinas, no era otra cosa que una pila de escombros. Escombros pisoteados, ruinas que ya habían sido visitadas muchas veces. Aquí hubo motines, robos, violaciones... escabechinas que mi registro memorístico –por suerte– no pudo traer a la memoria visual del presente.
Y en uno de estos momentos, mientras en uno de mis viajes oníricos imagino aquella bella bóveda estrellada que cubría lo que parecía que eran unas agradables termas, con delicioso olor a lavanda, me cae sobre la cabeza un pedazo rocoso de una gárgola.
Caigo inconsciente unos días.
Amanezco en un lugar que empieza a ser conocido, esta vez sin haberme podido dar puntos de sutura.
Con sangre reseca en mi cabeza me planteo si la piedra fue algo accidental o si, en cambio, es un trozo de la propia gárgola deshaciéndose que, por efectos de la gravedad, ha caído desgraciadamente sobre mí.
Consecuencias de la afición a Piranesi.
Me planteo ¿está la gárgola deshecha? ¿cuántas pedradas hay que aguantar para disfrutar de la belleza de la ruina?
Por suerte, he visitado más ruinas, empezando por la mía propia.
Estoy tranquila porque tengo la respuesta.
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