En el hueco leve del silencio
cuando el día se pliega
y el mundo baja la voz,
algo se mueve despacio.
No distingo si es mi respiración
o el latido de mi corazón.
No busco distinción
pues lo vivo como un baile
fruto de la entropía que es la vida.
El hilo que nos une no tiene nombre... aún.
Lo siento como una corriente
que acaricia dos orillas
que no se preguntan qué río las une.
No es falta de interés sino producto de una serenidad madura.
Hay gestos que nacen sin intención.
Una sonrisa que antecede a la palabra y de siente
como cuando mi cuerpo se acomoda en tu regazo en el sofá.
Somos como enredaderas que crecen lentamente, haciéndose paso buscando la luz del sol entre la maleza (¿o es la bueneza?)
Ya no hay exigencias, solo libertad.
Basta esa forma tranquila
de respirar en el mismo aire,
de dejar que el tiempo se congele en un reloj de arena,
como una leve apnea que ahoga dulcemente
entre dos respiraciones.
Quizá algunas cosas no buscan destino.
Sólo abrirse, como una luz casi imperceptible.
Me recuerda al color rosado del cielo que sorprende al atardecer.
Oh, cielos!
Un atardecer que súbitamente cambia,
sin anunciarlo,
el color de todo.